
Ayer fui a mi primera clase de yoga post-nacimiento de Renata. Las últimas veces que practiqué estaba embarazada, y la práctica, por supuesto, tenía otro sentido, otro ritmo, esa conexión, ese puerto, esa certeza... Entonces, ayer me sentí algo sola y desorientada. La Renatita quedó con su papá, que al parecer ha decidido tener presencia en su vida – nuestras vidas, al fin y al cabo—, lo que me parece estupendo por un lado, pero por otro implica el cederle espacio... y mucho está por verse todavía. Pero bueno, yo aprovecho de tomar clases de yoga. Es algo perturbador, de todas formas, siento que la unidad, binomio madre-hija, se desestabiliza, en mí, al menos... en la forma. En el fondo sé que lo trascendente de todo y el amor que crece en fin... Ayer una amiga escribió por mail que partía al hospital al nacimiento de su hijo... que el dolor y que quería anestesia... Yo, que tuve un parto sin anestesia, lamento que haya sido demasiado rápido para ser un evento de tanta trascendencia. Volvería a vivirlo, si pudiera regresar al momento cada vez, lo haría... Bueno, hay un fundamento, un centro: ella, absolutamente ella, y entonces yo como su madre. Por ahí después terceros... tratar de avanzar con paciencia y generosidad, ayudas del cielo, Providencia, dame fuerzas... y disfruto también de esto, yoga, la vida, es lindo todo. Con mi hija es más lindo todavía.
Hoy me vestí con una falda rosada – primaveral, y un niño de unos cuatro años le insistía a su papá que había un hada madrina en el bus. Me encantó el título, a ver como hago para que resulten las magias...